Ides Kihlen: Nuevo Encuentro

Ha dicho en cierta ocasión Raúl Gustavo Aguirre que los poetas de nuestro tiempo "...inventan la belleza, el amor, la gracia, el rostro de la tierra. Y procuran que todo eso hable (...). Que la inocencia tenga también voz".
Ides Kihlen, poeta de nuestro tiempo, exhibe su obra de 2003-04 como testimonio de coherencia y novedad. Sería mejor decir que su obra es expuesta dado que ella, en su taller, solo se escucha a sí misma y solo se ocupa de la fluencia de su creatividad.
Como un rayo, en la década de los `80, se produjo ese giro tardío por el cual su vasto aprendizaje con grandes maestros (Vicente Puig, Batlle Planas, Adolfo de Ferrari, Kenneth Kemble) de repente evolucionó en una personalísima búsqueda no figurativa que fue como una compuerta que se abría invadiéndolo todo.
Así, una asombrada Alicia en el País de las Maravillas, hizo un veloz recorrido por el arte del siglo XX espigando de aquí y de allá experiencias nuevas y tomando elementos que siempre ha adecuado a sus propios fines.
La sedujo la gracia infinita del Joan Miró de la época de las Constelaciones, el dripping de Pollock, el disfrute de la materia y de las texturas de los informalistas, la relación de la pintura y la música de Paul Klee.
Como el gran artista suizo, su aprendizaje en las dos disciplinas fue determinante. La música como vehículo expresivo y simbólico habría de marcar su producción en los ritmos y en los silencios, en los extraños equilibrios secretos de sus armonías y sus desarmonías.
Podría aplicársele la frase que Marcel Francisco no dedicó al gran maestro, en la cual decía que no son los motivos formales de la polifonía los que por sí mismos lo han incitado sino la facultad de mantener juntas las múltiples vías de la realidad en un conjunto orgánico que no excluye los antagonismos.
¿Ha de extrañarnos entonces que aparezcan en su obra actual partituras como soportes, franjas perimetrales en rayado blanco y negro que -según registra Mercedes Casanegra- ella ha llamado pianitos? ¿O que dibuje claves y pentagramas que alternan con coloridas figuras geométricas, con espirales vertiginosas, con curvas o círculos concéntricos, o con el 5 que aparece y desaparece desde hace un buen tiempo?
Con un fuerte anclaje en su operatividad de años anteriores como buena base de sustentación, Ides Kihlen no rehuye la novedad y el riesgo.
En algunos casos, estrechísimos filamentos de tela, lisos o rayados, pintados de un lado o de los dos, sobrepuestos al fondo o airosamente despegados de él configuran núcleos centrales, que a veces se extienden verticalmente hacia arriba y hacia abajo. Figuras geométricas en collage o trampantojo crean insólitas relaciones con los fondos cubiertos por una capa de pintura deliberadamente irregular.
Suele suceder que las líneas -en su praxis, de considerables variaciones- en color o en negro, pintada o pegada, chorreada o fragmentada, conjuguen reiteraciones y paralelismos.
Seguimos percibiendo en su obra el gusto por lo artesanal, ya sea pegando diarios sobre el fondo, para después humedecerlos, romperlos o agujerearlos o por la manera en que trabaja los bordes encrespándolos en irregularidades.
Nunca parece que su búsqueda dé cuenta de la ferocidad última de la materia. Siempre parece campear en su obra un optimismo, una exaltación de la alegría de vivir que no la abandona, al contrario, la asiste en su inclaudicable laboriosidad y le hace extender sus colores como banderines de un jubiloso día de fiesta.

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