IDES KIHLEN II

Ides Kihlen es una grato redescubrimiento de la pintura en estado puro, recuerda las delicias mínimas de Julius Bissier o de nuestro Fernando Espino. Hablamos de indecibilidad, su obra comienza dónde se atisba el vértigo de la fabricación del mundo, y el desmonte de sus piezas, que Ides exhibe. Le habita un alma juguetona, de libertad intespestiva y controlada al mismo tiempo, lucidez de niñez y buen saber hacer que conducen al enigmático cuarto de las sorpresas. Dónde cesan las palabras comienza su pintura de la que paradójicamente intentaremos hablar.
Ella es conciliación de tensiones, que significa acordar tendencias, lo abigarrado se disuelve en imprevisibles, dónde formas centrifugadas coexisten con planos absortos, mientras un par de notaciones musicales bordean los planos y persiguen evanescencias. Por el borde de la tela corre algo que semeja la huella del tren, casi una notación de música aleatoria que deja detrás un paisaje y lo signa, lo guarda en un rail de la memoria.
Característica fundamental de su obra es ser aérea, sus pinturas siempre son vistas, dónde los elementos están en estado de remolino, barridos por un viento que sopla a veces, y no los petrifica, sino detiene, no congela, sino que traza un mapa en movimiento. Otra, es ser excéntrica sólo por instantes (o momentos en sentido hegeliano) traza la hipérbole de un salto, logrando un estremecimiento de la topografía. Sustracción de la referencia, la luz orla la tela y en ella aún el negro es festivo. A veces parece distraernos y caer en un juego de abarrotes, pero pronto estos son echados a volar y quedan collages, rastros, huellas que son letras, un misterioso número que se repite…
Es un acto jubiloso de terra ficta, moverse entre lo alusivo, dónde lo contingente remeda otra memoria, una simbólica adaptada a la vida interior. Ides, según la mejor tradición nórdica en sus ojos de ensueño violáceo, nombra, pinta a los Seres sagrados: El fuego, Lo Grácil, El Ritmo, El Silencio, que conforman lo alegre-luminoso, un cuadro es un rito, y como tal se ejecuta, danzando. La morfología es incesantemente transferida a temblor, a embate, a la sinuosidad de los ritmos que subyacen y aletean en ellos.
Ides propone y logra un viaje vertiginoso a la inocencia, sus cuadros inventan una nueva cartografía desafiando y desoyendo las clasificaciones. El absoluto del rigor está en el despojamiento de omato, todo es circulación, fluidez, poseído por una gracia poética que el gran poeta español otorgaba a las violetas, y nosotros adscribimos a la pintura.

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