Arabesque 2
El caso de Ides Kihlen (Buenos Aires, 1917) se establecería como de inusitada singularidad en cualquier historia del arte conocida. Su desarrollo artístico y personal no tiene cabida dentro de parámetros habituales. Hoy, en 2004, después de haber sido testigo de casi todo el siglo XX, esta artista se halla en actividad plena y productiva. Pío Collivadino, director de la Escuela de Artes Decorativas, cuando la novel alumna ingresó en la institución, opinaba que era demasiado joven para hacerlo y, sin embargo, con el paso del tiempo se daría cuenta de que su empeño no había sido en vano. Años después, pasó por los talleres de Emilio Pettoruti, de Battle Planas, de André Lhote en París, fue alumna predilecta de Vicente Puig, y más tarde Adolfo Nigro sería de los primeros espectadores de su obra definitiva. Pero existe otra disciplina que la ha ocupado casi tanto como la pintura: la música. No sólo la interpretación en piano, sino también la composición fueron su otra gran dedicación. Y es innegable la influencia entre ambas pasiones.
La cercanía temporal del tercer milenio parece haber acelerado en la artista un proceso que estaba latente desde el comienzo de su vida. Después de una sólida y sostenida práctica académica, su proceso artístico experimentó un giro decisivo. Siguió los pasos transitados antes por un iniciador de la abstracción en el siglo XX, como Kandinsky, o la senda trazada por Klee, y en nuestro país una línea emparentada al tránsito de Xul Solar, entre otros.
El carácter lúdico de sus estrategias, la levedad que les otorga a las formas que utiliza y la relación de sus elementos protagónicos como de sus tácticas artísticas con la música se encuentran entre los rasgos más característicos de la obra de Ides Kihlen. Arabesque 2, 2004, pone de manifiesto estas propiedades. Aquí se da una combinación ecléctica de sus modalidades más frecuentes. Otro rasgo central y que aquí sustenta la obra es la utilización de mínimos elementos para máximos resultados. El fondo de esta pieza es una partitura, lo que de manera simbólica, le da un sustento etéreo reforzado por una tonalidad blanquecina superpuesta a los signos musicales. Repartidos de modo irregular, en un plano aún más cercano al espectador, la artista dispuso pequeñas y variadas formas en collage que simulan flotar en un espacio sin atmósfera. Por último, emergen algunos signos trazados por su propia mano: el comienzo de un pentagrama con clave de sol, el número 5, sus iniciales que a la vez construyen parte de la composición, una lluvia de puntos y unos pequeños soles, que funcionarían como un tipo de paráfrasis de la clave de sol. De este modo una razón musical, pero inaudible, es el sostén de toda la obra Arabesque 2, que tiene principalmente un carácter sinestésico: se logran percibir a través de la vista propiedades del dominio musical.
Corpus de obras como el de Ides Kihlen llevan a la reflexión sobre la función de la materialidad en nuestra cultura y en el mundo, y al equilibrio posible con su contrapartida espiritual.